-¿Cuánto falta?
- Aún no lo sé.
Bajo el cerro estaba el cuerpo sin vida de aquel niño tan desconocido. El viento soplaba intentando dar aviso de tan cruel situación, sin duda la imagen contrastaba el hermoso paisaje que rodeaba el cerro. Estaba sin vida, su corazón se había cansado de latir sin que nadie se diera cuenta, la soledad lo había atacado y aquel último suspiro nunca fue escuchado. Tierra abajo, cielo espectador, rosas mirando, río llorando; todo indicaba que la muerte de un ser humano es respetada por la naturaleza. Han pasado dos horas de su última mirada, sus último sueños, y aún nadie se percata de que no está en su casa, en su pieza.
- ¿Ahora si?
- No te apresures.
- Es que miralo.
- Todo a su tiempo.
Su habitación estaba sumida en el silencio, como sintiendo el golpe. La casa en cambio, era un ruido permanente. Siete hermanos compartían su vida, sus espacios, sus anhelos. Una madre esforzada y un papá que se rompía el lomo cada noche en la mina, hace tiempo que no tenía un turno de día. Y los días eran su propia noche, su descanso. No estaban muy lejos del cerro, pero la radio estaba encendida y cada persona del pueblo estaba con sus sentidos en ella. Una noticia azotaba el lugar con un golpe certero, hubo un derrumbe en una mina y aún no se tenía más noticias de lo sucedido.
- ¿Este es el momento?.
- No.
Tres horas atrás Don Joaquín entraba en su turno, antes que la tarde comenzara su fin se encomendó a su Virgencita y comenzó a caminar hacia el túnel, sin darse cuenta de que alguien lo seguía, su hijo menor. Gabriel era el niño más curioso que he conocido, y que alguien podría conocer, siempre había querido visitar una mina, su padre le contaba una y otra historia de las miles que han habido. En esas ocasiones sus ojos brillaban como nunca. Todo estaba planeado, pero lo que nunca pensó Gabriel fue que sería tan fácil ingresar, sigilosamente con su casco de juguete se infiltró en aquel lugar poco claro, siguiendo los pasos de su padre.
- ¿Cuánto falta?
- Falta un poco.
Los mineros saben qué hacer frente a un derrumbe, los niños no. Todo fue muy rápido y lo único que alcanzó a sentir fue la tierra encima de él. Su padre estaba en el refugio junto a los otros, con su rosario en la mano, su madre estaba sentada en su casa con la cruz en sus manos, sus hermanos fueron a la capilla corriendo para rogarle a Dios. Al llegar, se arrodillaron frente a una cajita llamada Santísimo, para que su padre salve ileso. Pero lo que nadie sabía era quién fue la única víctima del accidente. Un pequeño niño de 11 años, que cumplió su sueño de conocer la mina, pero no escogió el mejor día. Días después su familia recorría todos los lugares pegando carteles con su foto, y se sumó a los miles de niños desaparecidos.
- ¿Puedo mirar?
- Sí puedes, desde acá arriba se ve tu padre saliendo de la mina con sus compañeros.
- Mi mamá estará muy contenta.
- Y también tus hermanos.
- ¿Me extrañarán?
- No sabes cuánto, pero desde acá los podrás ayudar más.
- Sí. Me gusta el cielo. En especial la dama de blanco.
- Cuando viví en la tierra estuve casado con ella.
- Y hace cuánto estás en en cielo José.
- Llevo mucho tiempo aquí, pequeño Gabriel.

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