lunes, 20 de septiembre de 2010

Cajita Musical


La Luna cuenta sus propias historias, muchas veces tratan del cielo, muchas de la tierra; pero siempre tratan de lo que ve, y ella sabe de ver, en un día entero alcanza a verlo todo. Ella sabe del silencio, porque cada vez que mira hacia la tierra está a obscuras y sin voz, le encanta observar como todos descansan. Pero si de historias se trata quería contarles un relato que compartió conmigo esta noche, de una Cajita Musical.

Había una niña muy pequeña que cada tarde se sentaba a conversar con su abuelito, podía pasar horas sin que el tiempo le dijera algo. Él solía hablarle de aventuras, de reyes antiguos; luego jugaban damas, otro rato jugaban naipes y al final antes de que la noche terminara lo que la Luna alcanzaba a apreciar a tal distancia era el sonido contínuo de aquellas notas que al unísono eran mucho más que música. Al terminar ya los ojos de su nieta estaban cerrados, y suavemente la llevaba a su dormitorio para que viaje tranquila al país de los sueños.

Al despertar ya no escuchaba el sonido armonioso que la hizo viajar. Y cuando la luna ya se había ido, también se fue el alma de su abuelo. No es fácil recibir una noticia así al despertar, más si antes de cerrar los ojos lo tenía en frente. Su olor aún resonaba en sus narices, y no quería aceptar la muerte del ser que más amaba en ese entonces. Se prometió nunca más amar a alguien, y encerró sus sentimientos en aquella Cajita Musical.

El tiempo pasaba y la cajita yacía escondida de todo y de todos. Porque no quería sentir, no quería escuchar esa melodía que le recordaba la noche anterior que más amó, la noche en que su abuelito se despidó en el silencio. Cada niño, cada joven que se acercaba en busca de amarla era rechazado por sus ojos. En el fondo quería sentir, quería amar; pero el dolor había sido tanto que si amaba nuevamente, arriesgaba volver a sufrir.

La Luna me contaba que extrañaba el cantar de la Cajita Musical, que si pudiese bajaría a darle cuerda tan solo una vez, para que sus oídos pudiesen encontrar esa paz, esa tranquilidad que sólo en el silencio de la noche se puede escuchar. Por eso decidí escribirles esta historia, para encomendarles esta pequeña misión, de convencer a la niña entre todos de que vuelva a amar. Para que en el momento en que la Luna ilumine sus ojos, ella vuelva a abrir esa cajita y aquel astro nocturno sonría al saber que las melodías rodearán las noches, y el corazón de ella vuelva a amar.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Falta un poco


-¿Cuánto falta?
- Aún no lo sé.

Bajo el cerro estaba el cuerpo sin vida de aquel niño tan desconocido. El viento soplaba intentando dar aviso de tan cruel situación, sin duda la imagen contrastaba el hermoso paisaje que rodeaba el cerro. Estaba sin vida, su corazón se había cansado de latir sin que nadie se diera cuenta, la soledad lo había atacado y aquel último suspiro nunca fue escuchado. Tierra abajo, cielo espectador, rosas mirando, río llorando; todo indicaba que la muerte de un ser humano es respetada por la naturaleza. Han pasado dos horas de su última mirada, sus último sueños, y aún nadie se percata de que no está en su casa, en su pieza.

- ¿Ahora si?
- No te apresures.
- Es que miralo.
- Todo a su tiempo.

Su habitación estaba sumida en el silencio, como sintiendo el golpe. La casa en cambio, era un ruido permanente. Siete hermanos compartían su vida, sus espacios, sus anhelos. Una madre esforzada y un papá que se rompía el lomo cada noche en la mina, hace tiempo que no tenía un turno de día. Y los días eran su propia noche, su descanso. No estaban muy lejos del cerro, pero la radio estaba encendida y cada persona del pueblo estaba con sus sentidos en ella. Una noticia azotaba el lugar con un golpe certero, hubo un derrumbe en una mina y aún no se tenía más noticias de lo sucedido.

- ¿Este es el momento?.
- No.

Tres horas atrás Don Joaquín entraba en su turno, antes que la tarde comenzara su fin se encomendó a su Virgencita y comenzó a caminar hacia el túnel, sin darse cuenta de que alguien lo seguía, su hijo menor. Gabriel era el niño más curioso que he conocido, y que alguien podría conocer, siempre había querido visitar una mina, su padre le contaba una y otra historia de las miles que han habido. En esas ocasiones sus ojos brillaban como nunca. Todo estaba planeado, pero lo que nunca pensó Gabriel fue que sería tan fácil ingresar, sigilosamente con su casco de juguete se infiltró en aquel lugar poco claro, siguiendo los pasos de su padre.

- ¿Cuánto falta?
- Falta un poco.

Los mineros saben qué hacer frente a un derrumbe, los niños no. Todo fue muy rápido y lo único que alcanzó a sentir fue la tierra encima de él. Su padre estaba en el refugio junto a los otros, con su rosario en la mano, su madre estaba sentada en su casa con la cruz en sus manos, sus hermanos fueron a la capilla corriendo para rogarle a Dios. Al llegar, se arrodillaron frente a una cajita llamada Santísimo, para que su padre salve ileso. Pero lo que nadie sabía era quién fue la única víctima del accidente. Un pequeño niño de 11 años, que cumplió su sueño de conocer la mina, pero no escogió el mejor día. Días después su familia recorría todos los lugares pegando carteles con su foto, y se sumó a los miles de niños desaparecidos.

- ¿Puedo mirar?
- Sí puedes, desde acá arriba se ve tu padre saliendo de la mina con sus compañeros.
- Mi mamá estará muy contenta.
- Y también tus hermanos.
- ¿Me extrañarán?
- No sabes cuánto, pero desde acá los podrás ayudar más.
- Sí. Me gusta el cielo. En especial la dama de blanco.
- Cuando viví en la tierra estuve casado con ella.
- Y hace cuánto estás en en cielo José.
- Llevo mucho tiempo aquí, pequeño Gabriel.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Sueña


En la noche los poemas vuelan de lado a lado
en busqueda de una historia que contar
mientras muchos duermen
ellos escriben para que las princesas sueñen
para que los principes viajen
para que los poetas sufran
miles de poemas recorren las estrellas
cada una
porque saben que esconden
los sentimientos que todos
cuando miramos al cielo
quedan guardados
como en un cofre
esperando que alguien algun dia
en algun lugar
los lea
los
vea
y los sienta
los sufra
los huela
porque las estrelllas cruzan el cielo
y al igual que los poemas
buscan amar
si alguna princesa se pierde en los sueños
llegan los poemas a ellas
para recordarles
que la tristeza es parte de la vida
que el amor puede tener tristeza
y que para amar
se necesita soñar
y perderse en los sueños.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Tomás


- ¿Estás ahí? te necesito- dijo algo asustado.
Temía que no le respondieran, que en medio de las obscuridad no existiera alguien en quién apoyarse. Se despertó esperando abrazar a quien veía en su sueño, pero ya no estaba, aún sentía su aroma, pero no la sentía. Si no está ella su vida no tiene sentido, si no ve sus ojos, si sus brazos no lo duermen lentamente, si ella no lo toma con delicadeza, él no cerrará los ojos.
Generalmente no suelo contar historias de niños que viven sumidos en la tristeza, más aún porque prefiero las historias de niños felices que viven lo que sueñan. Sin embargo, debo hacer una excepción. Esta historia me interesa mucho, en especial esta pequeña parte de la vida de Tomás. Comencemos con su madre, una joven muy esforzada que viajó desde Viña del Mar para olvidarse del amor que la dejó. En su vientre, con dos meses de embarazo se embarcó hacia la ciudad de Santiago para buscar una salida a todos sus problemas. Quería buscar una oportunidad y comenzó lentamente a formar su vida en una ciudad que no conocía con tan sólo 17 años. Una pequeña pieza escondida en el Barrio Brasil fue su refugio, de llantos y miradas al cielo, de soledad y una nueva compañía. Cuando nació su Tomás todo cambió. Al ver sus ojos brillar por primera vez tuvo un motivo para ser feliz, un motivo para trabajar cada día, para no dormir, para dejar de sentir, para empezar a soñar de nuevo. Su trabajo le ayudaba a vivir, a respirar, a proteger a su hijo en un jardin infantil y a salir de vez en cuando para conocer la ciudad que le dio una nueva esperanza.
- ¿Estás ahi? -repitió desconsolado.
El reloj resonó en los oídos de Tommy. Sus ojos estaban encendidos, con curiosidad y miedo buscaba los brazos que antes de cerrar sus ojos lo tenían amarrado. No los veía, oscilaba sus brazos en busca de una explicación, pero el silencio le respondió sin piedad. Se quitó la manta que cubría su descanso y se bajó de la cama. la alfombra que recorría se le hacía familiar, pero en la noche se veía distinta. pensó que al bajarse de su cama encontraría a la mujer de sus ojos, y al recorrer cada detalle de la habitación, cada silencioso ruido...no pudo encontrarla.
Todos sabemos que encontrar trabajo no es fácil, y a la Mamá de Tomy se le dió una oportunidad única. Un Hotel muy destacado, con varias estrellas que lucir, le ofreció un puesto. Trabajo de recepcionista en las noches, y si encontraba estabilidad podría darle una mejor situación a su hijo. Aquella habitación que le había entregado tantas tristezas, alegrías y emociones era poco espaciosa y quería ver la oportunidad de tener un departamento. Cuando aceptó el trabajo se dió la posibilidad de que dejara a su pequeño niño en una habitación del Hotel mientras ella trabajaba. Parecdía que el viaje no estaba perdido, que realmente la vida le estaba dando otra oportunidad.
- Mami. ¿Dónde estás?- dijo con lágrimas en sus ojos.
Cada uno de nosotros posee distintos sentidos que nos permiten percibir lo que nos rodea, pero hay sentidos que están ocultos y que solo poseen algunas personas. Después de 15 meses trabajando en el mismo lugar nunca se había despertado Tommy en la noches, pero su corazón le avisó lo que sólo Dios sabía.
Solo él la vió derrumbarse, con dificultad fue hacia la recepción, y la mujer de sus ojos cayó frente a él, con el puño cerrado en su corazón. La última mirada que entregó Carolina fue hacia su hijo, él no entendió porque sus ojos se apagaron. Lo único que pudo comprender, fue que ese último abrazo que le entregó su mami era mucho más que un abrazo, incluso más que un te amo. Su mamá se lo dió todo.
No creo que alguno de nosotros comprenda lo que un niño de 3 años pueda sentir al ver morir a su madre frente a él. Tommy fue creciendo en mis brazos, luego en mis hombros y hoy ya mide lo mismo que yo, si quise hacerlo mi hijo no fue porque me diera pena o algo así, sino que lo hice porque su mirada era la misma de su mamá, una mirada cristalina, perfecta, transparente...Y al verlo caminar me imagino lo orgullosa que debe estar Carolina de su hijo, por el que tanto luchó. Y que aunque no lo crean, tiene algo muy especial que puede cambiar el mundo. Desde los 3 años, le enseñaron a amar de verdad.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

De nuevo...

Eso me pregunto...
podré enamorarme de nuevo, podrá otra mujer tomar mi corazón en sus manos y hacerlo de ella, mientras su nombre siga escrito en mi alma no puedo hacer mucho, solo seguir mirándote con la ilusión de que tus labios extrañen a los mios... Pero no perdonas mi error. No perdonas que no sepa amar, que en el pasado haya tomado una decisión que aborresco. Lucho con el pasado para tener un presente contigo, pero no lo tengo, lucho para soñar con un futuro, pero no lo quieres a mi lado. cerraste el capítulo de mi vida, y sigues con la tuya, en mi libro aún estás ahí. He intentado quemar las hojas, tirar el libro al olvido, pero sigues estando, mas allá de mí pareciera que mis ojos extrañan más de lo que crees a los tuyos, los recuerdos se hacen miles estando sin tí, los abrazos, los poemas, las sonrisas, todo guarda un filo que me hiere. Debo seguir, me dije una vez, y no he podido, quiero avanzar, pero sin tu mano no quiero. El tiempo pasa...




...Antes de cerrar los ojos y dormir, quiero ver los tuyos, antes de morir quiero ver nuevamente tus ojos, al despertar quiero ver tu carita y acariciarla, al trabajar quiero pensar en que al volver te encontraré y con tu abrazo ya no existirá cansancio, al caminar quiero seguir tus pasos, al mirar el cielo quiero pedirle a Dios cada día que te cuide para amarte y dejarme amar por tí. Eso quiero, porque siento que contigo he aprendido a amar, y es lo único que quiero...






Amar.